Hace unos días me puse a pensar en que, muchas veces, el conflicto es inevitable. Uno hace lo posible por evitarlo, pero a veces, simplemente sucede. Ya está ahí, estamos adentro. Listo. Y en ese caso, ante un conflicto inminente, siento que lo fundamental es, primero, darnos cuenta. Asumir que nos tocó; ya no podemos evitarlo, sucedió. Segundo, la parte de la acción, la resolución del conflicto. Entender las herramientas que tenemos para resolverlo.
Si bien el conflicto puede ser inevitable, la confrontación seguramente es algo opcional. Tenemos muchas herramientas para resolver un conflicto. No solo tenemos uñas y dientes. Podemos hablar, intentar razonar, escapar, ceder. Muchísimas opciones para resolverlo. Creo que la lucha, el combate, es una de las últimas opciones. No sé si la mejor, supongo que las circunstancias decidirán. Pero sí siento que es la última opción de todas. Porque en una lucha, puedo perder ciertas cosas. Puedo resultar lastimado, o lastimar a otro. Ciertamente no quiero pase eso; si es posible, ninguna de las dos opciones. Mi responsabilidad es con la vida, antes que con cualquier otra cosa.
Entonces pienso, ¿por qué luchamos? ¿por dinero? ¿por algún objeto? ¿por ego, por algún insulto? Creo que si luchamos por esas cosas, si nos arriesgamos a lastimar a alguien (otros o yo mismo) por algo tan trivial, no tiene sentido. Es un riesgo demasiado grande a correr, teniendo en cuenta que tenemos otras opciones más seguras, inteligentes, razonables. Pero es muy común que uno pelee por sus cosas materiales. Resistirse a un robo, por ejemplo. Uno arriesga la vida, por unas monedas, un celular, alguna cosa. Si pensamos, aunque en ese momento de tensión puede ser bastante complicado, en la razón por la cual estamos arriesgando nuestra salud y nuestro cuerpo (también mente y espíritu), no tiene sentido. Creo que mi vida vale más que un celular. Para mí, por supuesto. Para el otro quizás no, pero eso no me da derecho a quitarle su vida. El hecho que no comparta mis valores no me da derecho a mí para castigarlo, ajusticiarlo o lo que sea. Además, de nuevo, el riesgo de perder mi propia salud, quizás no valga la pena. ¿El celular o la vida? No es muy difícil responder.
Quizás en un robo lo que pase es que nos sentimos agraviados. Insultados. Es, quizás, como cualquier otro insulto que podemos recibir. Nos sentimos insultados, en nuestro ego. Y el ego responde. Pero cuando responde el ego ante un agravio, no razona en lo que se puede perder. De eso nos damos cuenta demasiado tarde quizás, cuando ya estamos lastimados. Y el ego se resiente. No solo se arriesgó y perdió, nos la dieron, sino que también se resiente. Y la próxima vez, vendrá ese resentimiento. Y así sucesivamente.
Personalmente, yo no respondo mucho ante los insultos. Los entiendo como una circunstancia, algo que no me importa. Incluso puede que sean una reacción a algo que yo hice, o algo que yo soy. Quizás hasta los vea como una opinión. Entonces, desde ese punto de vista, yo no voy a reaccionar. ¿Para qué? Teniendo en cuenta que si entro en una confrontación tengo muchas cosas para perder, realmente, ¿vale la pena? Y supongamos que “gano”, y le rompo la cara al otro. ¿Desaparece el insulto? ¿qué es lo que gané? ¿satisfacer mi ego, destruir (resentir, mejor dicho) el ego del otro, o de los demás? No puedo más que preguntarme de qué me sirve eso.
Muchas veces el conflicto es una circunstancia, como cualquier otra. Pongamos como ejemplo el hecho de caerse en un río. Primero, si me caí, es porque algo hice. Si no lo pude evitar, es porque justamente, algo pasó. No me dí cuenta, no pude frenar. Lo que sea. Pero ya ésta, esa parte, la de evitar, ya pasó. Una vez que estoy en el agua, ya no sirve pensar en cómo lo podría haber evitado. Quizás para la próxima, pero para está, no me sirve. Ahora tengo que pensar cómo salir. Esta vez es fácil, es simple darse cuenta que no podemos luchar contra el agua. No funciona, no puedo evitar mojarme una vez que ya estoy ahí. Entonces, nado. Busco fluir, salir de la circunstancia (si quiero). Uso mis habilidades, mis herramientas, para salir. No me detengo en la confrontación, ni en la frustración de haberme caído. No me sirve. Pragmatismo: me caí al agua, quiero salir, entonces salgo. Tal vez sea útil entender cual es mi objetivo, en este caso, salir del agua. Mi objetivo no es luchar. Porque contra el agua no puedo ganar.
Es lo mismo con el ego de los demás. Ya es bastante trabajo calmar mi propio ego. ¿Cómo puedo esperar calmar, o incluso doblegar, el de otro? Y la pregunta principal es ¿para qué?
El conflicto bien puede ser inevitable en algunas circunstancias. Pero la lucha, la confrontación, el enfrentamiento: son opcionales siempre. Siempre es una opción, y si son una opción, quiere decir que hay otras. ¿Cuándo se justifica elegir esa opción? Supongo que es a criterio de uno. Si se ve amenazada la vida, posiblemente se justifique luchar. Pero lucho por la vida, la mía, la de otros. Entender eso, que es una lucha para sobrevivir. Quizás también pueda evitarse esa lucha, y sobrevivir resolviendo el conflicto de otra forma. Dependerá de las circunstancias y las herramientas que tengamos para resolverlas.
Entonces, mi responsabilidad como practicante de artes marciales, y también como ser humano, es mucho más amplia que aprender a romper caras con un palo. Mi objetivo es tener más herramientas para evitar y resolver conflictos. Desarrollar muchas más habilidades que las que son estrictamente marciales. Si sólo entreno para aprender a lastimar, cuando salga del lugar de entrenamiento, posiblemente sólo lastime. Porque mi preparación apunta a eso. Quizás sea lo único que sepa hacer.
Yo no voy a aprender a matar. O a morir, porque en una lucha, eso es algo a lo que nos enfrentamos. Personalmente, yo voy a aprender a vivir. A aprender cosas que me sean útiles en el día a día, frente a los conflictos diarios. Y lo practico, todos los días, donde sea que esté.
