Preguntas

Hubo un tiempo, no muy lejano tal vez, en el que me ocupé mucho de buscar respuestas. No es que las buscara por deporte o porque me gustaba encontrarlas, simplemente se dio un momento en el que empecé a hacerme preguntas, y una pregunta debe ser respondida. Así funcionan las cosas creo. Y recién, mientras caminaba, me di cuenta de algo bastante importante en lo que no había pensado antes: ¿Por qué uno empieza a hacerse ciertas preguntas? ¿qué será lo que nos motiva a preguntar, y quizás cuestionar, ciertas cosas?

Creo muy importante ese momento en el que uno empieza a preguntarse cosas. El encontrar respuestas nos hace crecer, avanzar. Quizás el hecho de preguntarnos las cosas, cuestionar e intentar entender un poco más sean el motor de ese crecimiento, más que las respuestas mismas. Después de todo, las preguntas son el camino, las respuestas son sólo el final. Y como ya dije alguna vez por ahí, se aprende más en el camino, que es más largo y uno pasa más tiempo ahí, que llegando a destino. Se llega y fin.

Y de dónde saldrán las preguntas. Qué se yo. Salen, supongo, cuando uno se abre al mundo, en vez de encerrarse en uno mismo. Quizás el espacio para las preguntas se genera al no estar buscando una respuesta, ni pensar en nada en especial. El viejo dicho de “se encuentra cuando no se busca”. Relajarse, cambiar de aire, caminar o conversar con alguien quizás nos den el pie. Perdernos en el mundo, sentirlo, más que perdernos en nosotros mismos. Porque después de todo, encerrarnos en nosotros mismos, con la idea de pensar en algo, quizás no nos deje escapar de nuestros pensamientos. Como un hamster que corre en la ruedita, no salimos de eso, nuestro propio mundo interior, que si bien puede ser muy vasto o acotado, no deja de ser lo conocido, lo usual. Y limitado, por supuesto. Abrirse al mundo, dejar escapar la mente un rato, quizás nos motive nuevos pensamientos, nuevas ideas. Quién sabe lo que podemos encontrar, y como reaccionemos ante eso.

Tal vez sea tan simple como eso, dejar ir la mente, no intentar llevarla a ningún lado, sino que vaya dónde quiera, si es que quiere ir a algún lado. Y las cosas surgen, fluyen.

Una respuesta, una pregunta. Y quizás toda una vida en el medio.

 

El poder de la palabra

Cuenta la leyenda que un día iba un grupo de ranas saltando tranquilamente, cuando dos de ellas caen en un profundo pozo. Las dos que estaban en el fondo intentan saltar de nuevo a la superficie, pero el pozo era muy profundo, y no llegan.

Las otras ranas, asustadas y desesperadas, se van dando cuenta a medida que pasan los minutos que muy probablemente las otras dos no podrían salir nunca más de allí. Al principio quedamente, pero luego tomando más valor, fueron diciéndoles a las pobres atrapadas que no intentaran más, que guardaran sus fuerzas, que era imposible salir de allí. Bien podían darse por muertas, pues nunca saldrían.

Una de las ranas les hizo caso, y se abandonó a la muerte en el fondo del pozo. Al rendirse, murió.
La otra siguió saltando, inmutable ante las palabras de las demás que le decían que aceptase su suerte y muriera en paz.

Saltó cada vez más alto, hasta que pudo salir al fin del pozo, con un gran esfuerzo. Las otras ranas le preguntaron, asombradas, por qué no las había escuchado y había seguido saltando, cuando todo parecía imposible.

La rana victoriosa les indicó que era sorda, y que no escuchaba sus palabras. Ella pensó que la animaban a que salte cada vez más alto.

 

Amar

Hace mucho tiempo leí un libro en el que se mencionaban las tres cosas importantes en la vida. No era un gran libro, una novela simple, nada más. Pero esas tres palabras me parecieron importantes en su momento. Como serán las cosas, que apenas terminé de leerlo, sólo recordaba dos de las tres. Y ahora, recién que salí un momento a tomar aire, me doy cuenta que sólo recuerdo una, después de tantos años: amar. Y así me meto en el terreno escabroso que maneja esa palabra…

En estos últimos años cambió mucho mi concepción del amor. Quizás sea que al fin lo empiezo a ver (y sentir) yo mismo, sin dejarme llevar por las ideas de lo que debería ser, influídas por la cultura y las películas. Me dí cuenta que ese amor de cuentos de hadas que venden, lo que yo suelo llamar “amor Disney”, para siempre, de príncipes azules y princesas, no existe. Eso es el punto uno.

También entendí que el amor, y el hecho de amar, viene con un montón de apegos y expectativas, que después con el tiempo devienen en frustraciones, reproches y todo lo malo, lo que después sirve para escribir canciones y poesías, y nos deja ese sabor amargo. Siento que todas esas cosas, lo malo, la resaca del amor, no son necesarias ni “van de la mano” con el acto de amar. Son productos de nuestro ego, quizás nuestra necesidad de reciprocidad, que nos amen de vuelta, sentirnos queridos. Como si fuera una mercancía, yo te amo y vos me amás de vuelta, intercambiamos. No todo es tan lineal, la realidad nos lo dice todos los días: las cosas simplemente no son así.

Siento que a la hora de amar hay que desprenderse un poco, olvidarse del efecto, y no esperar nada. Y no sólo me refiero al amor de pareja, hablo en general. Porque quizás el amor a esa persona “especial”, a esa persona que nos acompaña en algunos momentos de la vida, sea un poco Disney también. Quizás no haya personas especiales y personas comunes, sino solamente personas a quienes queremos. Más o menos, de una forma u otra, física o platónicamente, quizás lo que convierte a esas personas en “especiales” somos nosotros mismos. Pensamos en que las queremos porque son especiales. Pero quizás sea al revés, y sean especiales porque las queremos.

Con esa idea en mente, uno puede aplicar la vieja enseñanza de querer a todos y a todo sin esperar nada a cambio. Dar el amor que uno tiene, porque sino se estanca adentro, y no esperar nada a cambio. Cuando nos toque recibir, nos tocará. No por mucho madrugar amanece más temprano, decían por ahí.

Una de las cosas en las que vengo pensando mucho últimamente, quizás por verme a mí mismo y a la gente de mi alrededor, es que es fundamental aprender a estar solo, a vivir solo, sin depender de nadie, para poder querer a otra persona. Yo no puedo esperar que otro llene mi vacío, o que me ayude a sobrellevar mi soledad. Eso tengo que hacerlo solo. Una vez logrado eso, puedo conocer a la gente y dejar que ellos me sumen, en vez de que me complementen. Siento que ese es un gran error que cometí muchas veces: el esperar que otro me solucione la vida, me ayude a estar menos solitario. Y en realidad, eso genera un montón de dependencias y apegos, que a la larga terminan liquidando las relaciones. Aferrarse fuerte no siempre es bueno.

Y por último, algo sobre el dolor. El dolor que (supuestamente) causa el amor merece quizás su propia historia, aparte. Siento que todo ese dolor en realidad proviene de los apegos, de las decepciones, los desencuentros, y las demás consecuencias de esperar que alguien nos quiera. O esperar, pensar ilusamente, que las cosas son para siempre. Así, ese dolor viene al esquivar e ignorar las leyes naturales: nada es para siempre, nada es gratis, no existe una noción de reciprocidad. No es el amor lo que duele, sino darse cuenta que no es para siempre, o al pensar que no nos están dando algo que merecemos.

Creo que por fin puedo empezar a entender, de a poquito, el concepto de amar abiertamente sin esperar nada a cambio. Sin recelos, ni miedos, ni expectativas, ni apegos. Vamos a ver que sale :) .

 

Sin intención

Últimamente noto en mí una calma inusual frente a ciertas cosas. Mi frecuente ansiedad (e impaciencia) pareciera estar de vacaciones. No espero tener un futuro X asegurado, o poder preveer las situaciones, como solía buscar. En vano, claro. Tampoco espero tener las cosas bajo control. Es más, algunas situaciones claramente están más allá de mi capacidad de controlar, por no decir directamente fuera de control. Y lo interesante de todo esto, lo que me asombra, es que disfruto igual. Sin seguridad ni control, podría decir que estoy más en calma que nunca.

Me está pasando mucho en los últimos tiempos que estoy descubriendo en mí ciertas cosas bastante… inusuales. Quizás sean mi entorno y mis actividades, o tal vez lo que leo, los conceptos filosóficos que finalmente hacen mella en mi práctica de la vida. También puede ser, mucho más simple, como hoy me dijeron, que me esté poniendo viejo :) . Siento que toda esa mezcla de teoría y práctica de la vida, finalmente es parte de mí, o de a poco se fue haciendo parte de mí. Posiblemente esto viene pasando hace un tiempo y recién ahora me doy cuenta, me sorprendo frente a las actitudes que germinaron en mí, ahora que veo los efectos. Y me asombro, un poco, como otras actitudes, menos queribles, se van decantando, cayendo como la piel vieja que ya no se usa.

Al menos en este momento, siento que puedo fluir a través de las situaciones, del día a día. Y más importante, fluir a través de lo que quiero, lo que busco y lo que encuentro, que no siempre es lo mismo. El otro día venía pensando, cómo uno a veces intentar forzar su camino hacia una dirección especial, porque piensa que esa es la dirección correcta. Se pelea con la vida, o con la dirección que se siente más natural, si se quiere, para ir a dónde se supone que hay que ir. A mí me ha resultado que si me dejo llevar, termino, tarde o temprano, en donde quería ir. Quizás también el tema es no querer ir a ningún lado, y disfrutar los lugares por los que vamos paseando. Eso es sin intención.

Veo la imagen y me viene a la mente el vuelo de los pájaros. Como pueden aprovechar las corrientes de aire, que ya están ahí, para ahorrarse esfuerzo. Tal vez no quieran ir a ningún lugar en particular, al menos no un destino específico como nosotros lo conocemos. Quizás justamente, el problema sea ese. La necesidad humana de querer estar acá o allá, ser esto, lograr aquéllo, ponerse este nombre. Tal vez sea tan fácil como dejarse llevar…

Sin deseos ni apegos no debería de haber impaciencia, porque no hay nada que esperar. No debería haber ansiedad tampoco. No tendría que haber conflicto, porque voy donde el mundo me lleva, no intento corregir el curso, ni remar contra la corriente. Simplemente voy y veo qué encuentro1. Ciertamente no hay frustración cuando no se espera nada.

Así, sólo queda vivir el momento, el presente, el ahora. Disfrutar, quizás ser feliz, sentir. Tal vez sea lo único que realmente podamos hacer, y todas las demás cosas (anhelos, deseos, planes, ideas, expectativas) sean ilusiones. Y como ilusiones que serían, al intentar alcanzarlas, se nos esfuman entre los dedos.

Sintiendo el presente. Mañana, vemos.

  1. Por supuesto, hay que saber sentir la diferencia entre “el mundo me lleva” y los deseos de una persona, que puedo ser yo mismo o los demás []
 

Despertar

Esta entrada es parte de la serie Sobre el despertar»

Creo que es el momento que escriba sobre algo que, por lo que veo, nos ha pasado a varias personas. A falta de un mejor nombre, y como me gustan los nombres cinematográficos y ominosos, yo le llamo “el despertar” :D .

Voy a hablar de lo que yo llamé mi despertar, esta vez. La verdad es un poco… incómodo, quizás, ya que es algo bastante personal mío, y rara vez lo hablo. Pero dado que en los últimos tiempos he visto que muchos sienten lo mismo, tal vez le pueda servir a alguien el ver que no está solo en su sentimiento, y a otros les pasó lo mismo. Y lo más importante, que salimos adelante :) .

Yo le llamo despertar a esa época en mi vida en la que empecé a replantearme la forma que tenía de hacer las cosas. Llegó un punto en el que colapsó todo. Darme cuenta que no quería estudiar, que mi trabajo no me gustaba, que no tenía tiempo ni energía para vivir, que no tenía amigos porque me había alejado de todos. Sin pareja, importante detalle. Quizás uno se apoya en esa persona X, y al no estar, se nota el la falta de equilibrio individual. El gran problema de compensar las faltas en otra persona…

Yo estaba buscando algo, y no lo encontraba por más que hiciera preguntas y mirara. Llegado ese momento, ya no alcanzaron las distracciones de siempre: películas, música, alcohol, juegos en la compu. Ya nada.

Creo que lo fundamental de ese período fue darme cuenta de la aplastante soledad en la que vivía. Si bien había gente que me entendía, y me brindaba su ayuda, no dejaba de sentirme solo. Un vacío que no podía llenar con nada, como un agujero negro en el pecho. Lo sentía a veces, cuando terminaba de ver una película que me gustaba mucho, o un libro que me había apasionado. El vacío estaba siempre esperándome atrás de los momentos más felices. Quizás por eso empecé a dejar las cosas sin terminar, porque sabía que al final, siempre me esperaba lo mismo. Ilusamente, la lógica dictó que sin final, no había vacío. Pero no es tan fácil escapar de uno mismo.

Lo curioso de este vacío interno, ese agujero en el corazón, angustia, o como uno lo quiera llamar, es que estaba siempre ahí. Yo lo sentía más por momentos, pero en general, una vez que lo ví, siempre supe que estaba ahí. Lo sentía de fondo en todo lo que hacía. Y en los finales, como decía, se notaba demasiado. Se volvía abrumador.

La gran pregunta siempre es “¿y qué carajo hago?”. Sí, puteando, porque sentía bronca por momentos de no poder solucionarlo. ¿Qué carajo pasa? o mejor dicho, ¿qué carajo me pasa?

En retrospectiva, que echa luz diferente sobre las cosas, ahora quizás puedo entender mejor mi pasado. Toda esa angustia, el famoso vacío interno, era soledad. Soledad porque yo nunca había disfrutado estar solo, estar conmigo mismo. No hacía cosas por mí, o sólo simplemente por hacerlas, para disfrutar el acto. Buscaba resultados, quizás en el fondo buscaba tapar ese vacío. Estaba siempre distraído, nunca en contacto conmigo mismo, con lo que quería hacer. Y más importante, con lo que sentía.

El despertar para mí es eso. Abrir los ojos y entender que estoy solo. Y entender que eso está bien. Que así son las cosas. Que primero tengo que aprender a estar solo para realmente disfrutar la companía de alguien. Construirme yo, completamente, y que los demás empiecen a sumar, en vez de complementar o completar. Equilibrarme. Aprender a fluir cuando las cosas no salen como uno quiere. En fin, para mí el despertar son muchísimas cosas. Pero creo que el comienzo, es esa angustia. Dejar de huírle, plantarle cara, y ver qué hacemos con eso.

Creo que todo es traumático en su momento. Y al mirar el pasado, lo ves como los cimientos de tu paz actual.

 

Lights out

Pareciera como que la falta de luz acerca a las personas. Desconozco que es lo que nos lleva a acercarnos unos a otros cuando falta luz, pero me acabo de dar cuenta que es así. Me vienen a la mente los momentos en los que, cuando era chico, jugábamos con mis hermanos y mis viejos a las sombras con las velas, y todas esas cosas que uno hace para evitar el aburrimiento cuando se apaga la caja boba y la compu.

Quizás sea el viejo y conocido miedo a la soledad, que se realiza más que nunca cuando quedamos en la oscuridad. Sólo quedamos nosotros, y lo que tenemos adentro. Quizás uno busque iluminarse con la companía de otros, con las charlas.

También se me ocurre que puede ser que nos sentimos más seguros en la oscuridad. Paradójico. Pero quizás sea eso, que ante la falta de luz, pensemos que nuestros defectos no se ven, y ganemos confianza. Que nos acerquemos sin miedo a los demás, sin las máscaras cotidianas, y mostremos nuestra esencia. Sería irónico, que uno muestre su interior cuando los ojos ven menos.

Tal vez uno se acerque a los otros desde la impunidad de las penumbras. Desde esa seguridad de pensar que otros no nos ven.

Quién sabe. Será solo el aburrimiento también. La necesidad de algo. La posibilidad de compartir, sin excusas. Uno se acerca y habla. ¿Por qué en la oscuridad? ¿Será que no tenemos miedo de interrumpir a otro en sus distracciones eléctricas?

Vaya uno a saber. Pero hoy, que gran parte de la zona donde vivo está sin luz (eléctrica), vi como muchos de los vecinos se acercaban entre sí. Y a mí. Lo curioso es que los espacios siempre estuvieron, las distancias son las mismas. Pero hoy vi como cambiaron las posturas individuales, como generaron otros espacios, otra predisposición. Y así, charlé a la luz de la luna con los vecinos, mis vecinos. De la vida, de filosofía oriental, de artes marciales, de juegos de video, de andar en bici, del clima.

Me gusta la ciudad a oscuras. Siempre me gustó. Quizás porque sea la novedad. Pero me gusta creer que es por esta magia que queda cuando se apagan las luces.

 

Life

Esta es tu VIDA. Haz lo que amas, y hazlo seguido. Si no te gusta algo, cámbialo. Si no te gusta tu trabajo, renuncia. Si no tienes suficiente tiempo, dejá de ver la tele. Si estás buscando al amor de tu vida, para. Te estarán esperando cuando empieces a hacer cosas que ames. No sobre-analices, la vida es simple. Todas las emociones son hermosas. Cuando comas, apreciá cada bocado. Abre tu mente, brazos y corazón a cosas y gente nueva, estamos unidos en nuestras diferencias. Pregunta a la próxima persona que veas cual es su pasión, y comparte tu sueño inspirador con ella. Viaja seguido; perderte te va a ayudar a encontrarte a tí mismo. Algunas oportunidades sólo llegan una vez, aprovechalas. La vida es sobre la gente que conoces, y las cosas que creas con ellos, así que sal y empieza a crear. La vida es corta. Vive tu sueño y comparte tu pasión.

 

Sobre la confrontación

Hace unos días me puse a pensar en que, muchas veces, el conflicto es inevitable. Uno hace lo posible por evitarlo, pero a veces, simplemente sucede. Ya está ahí, estamos adentro. Listo. Y en ese caso, ante un conflicto inminente, siento que lo fundamental es, primero, darnos cuenta. Asumir que nos tocó; ya no podemos evitarlo, sucedió. Segundo, la parte de la acción, la resolución del conflicto. Entender las herramientas que tenemos para resolverlo.

Si bien el conflicto puede ser inevitable, la confrontación seguramente es algo opcional. Tenemos muchas herramientas para resolver un conflicto. No solo tenemos uñas y dientes. Podemos hablar, intentar razonar, escapar, ceder. Muchísimas opciones para resolverlo. Creo que la lucha, el combate, es una de las últimas opciones. No sé si la mejor, supongo que las circunstancias decidirán. Pero sí siento que es la última opción de todas. Porque en una lucha, puedo perder ciertas cosas. Puedo resultar lastimado, o lastimar a otro. Ciertamente no quiero pase eso; si es posible, ninguna de las dos opciones. Mi responsabilidad es con la vida, antes que con cualquier otra cosa.

Entonces pienso, ¿por qué luchamos? ¿por dinero? ¿por algún objeto? ¿por ego, por algún insulto? Creo que si luchamos por esas cosas, si nos arriesgamos a lastimar a alguien (otros o yo mismo) por algo tan trivial, no tiene sentido. Es un riesgo demasiado grande a correr, teniendo en cuenta que tenemos otras opciones más seguras, inteligentes, razonables. Pero es muy común que uno pelee por sus cosas materiales. Resistirse a un robo, por ejemplo. Uno arriesga la vida, por unas monedas, un celular, alguna cosa. Si pensamos, aunque en ese momento de tensión puede ser bastante complicado, en la razón por la cual estamos arriesgando nuestra salud y nuestro cuerpo (también mente y espíritu), no tiene sentido. Creo que mi vida vale más que un celular. Para mí, por supuesto. Para el otro quizás no, pero eso no me da derecho a quitarle su vida. El hecho que no comparta mis valores no me da derecho a mí para castigarlo, ajusticiarlo o lo que sea. Además, de nuevo, el riesgo de perder mi propia salud, quizás no valga la pena. ¿El celular o la vida? No es muy difícil responder.

Quizás en un robo lo que pase es que nos sentimos agraviados. Insultados. Es, quizás, como cualquier otro insulto que podemos recibir. Nos sentimos insultados, en nuestro ego. Y el ego responde. Pero cuando responde el ego ante un agravio, no razona en lo que se puede perder. De eso nos damos cuenta demasiado tarde quizás, cuando ya estamos lastimados. Y el ego se resiente. No solo se arriesgó y perdió, nos la dieron, sino que también se resiente. Y la próxima vez, vendrá ese resentimiento. Y así sucesivamente.

Personalmente, yo no respondo mucho ante los insultos. Los entiendo como una circunstancia, algo que no me importa. Incluso puede que sean una reacción a algo que yo hice, o algo que yo soy. Quizás hasta los vea como una opinión. Entonces, desde ese punto de vista, yo no voy a reaccionar. ¿Para qué? Teniendo en cuenta que si entro en una confrontación tengo muchas cosas para perder, realmente, ¿vale la pena? Y supongamos que “gano”, y le rompo la cara al otro. ¿Desaparece el insulto? ¿qué es lo que gané? ¿satisfacer mi ego, destruir (resentir, mejor dicho) el ego del otro, o de los demás? No puedo más que preguntarme de qué me sirve eso.

Muchas veces el conflicto es una circunstancia, como cualquier otra. Pongamos como ejemplo el hecho de caerse en un río. Primero, si me caí, es porque algo hice. Si no lo pude evitar, es porque justamente, algo pasó. No me dí cuenta, no pude frenar. Lo que sea. Pero ya ésta, esa parte, la de evitar, ya pasó. Una vez que estoy en el agua, ya no sirve pensar en cómo lo podría haber evitado. Quizás para la próxima, pero para está, no me sirve. Ahora tengo que pensar cómo salir. Esta vez es fácil, es simple darse cuenta que no podemos luchar contra el agua. No funciona, no puedo evitar mojarme una vez que ya estoy ahí. Entonces, nado. Busco fluir, salir de la circunstancia (si quiero). Uso mis habilidades, mis herramientas, para salir. No me detengo en la confrontación, ni en la frustración de haberme caído. No me sirve. Pragmatismo: me caí al agua, quiero salir, entonces salgo. Tal vez sea útil entender cual es mi objetivo, en este caso, salir del agua. Mi objetivo no es luchar. Porque contra el agua no puedo ganar.

Es lo mismo con el ego de los demás. Ya es bastante trabajo calmar mi propio ego. ¿Cómo puedo esperar calmar, o incluso doblegar, el de otro? Y la pregunta principal es ¿para qué?

El conflicto bien puede ser inevitable en algunas circunstancias. Pero la lucha, la confrontación, el enfrentamiento: son opcionales siempre. Siempre es una opción, y si son una opción, quiere decir que hay otras. ¿Cuándo se justifica elegir esa opción? Supongo que es a criterio de uno. Si se ve amenazada la vida, posiblemente se justifique luchar. Pero lucho por la vida, la mía, la de otros. Entender eso, que es una lucha para sobrevivir. Quizás también pueda evitarse esa lucha, y sobrevivir resolviendo el conflicto de otra forma. Dependerá de las circunstancias y las herramientas que tengamos para resolverlas.

Entonces, mi responsabilidad como practicante de artes marciales, y también como ser humano, es mucho más amplia que aprender a romper caras con un palo. Mi objetivo es tener más herramientas para evitar y resolver conflictos. Desarrollar muchas más habilidades que las que son estrictamente marciales. Si sólo entreno para aprender a lastimar, cuando salga del lugar de entrenamiento, posiblemente sólo lastime. Porque mi preparación apunta a eso. Quizás sea lo único que sepa hacer.

Yo no voy a aprender a matar. O a morir, porque en una lucha, eso es algo a lo que nos enfrentamos. Personalmente, yo voy a aprender a vivir. A aprender cosas que me sean útiles en el día a día, frente a los conflictos diarios. Y lo practico, todos los días, donde sea que esté.

 

Grandes problemas

Esta entrada es parte de la serie Sobre los problemas y las soluciones»

Me llama mucho la atención la capacidad que siempre tuve para hacerme problemas. Es increíble, pero es una de mis habilidades más desarrolladas :D . Siempre sentí que cuando uno no tiene problemas “reales”, se los inventa. Esto lo vi cuando era chico, en mis actitudes. Por ejemplo, cuando estaba de vacaciones, es decir, cuando no tenía que ir al colegio (que siempre fue mi principal “problema” en esa época), otras cosas que antes no eran ningún problema pasaban a serlo. Solucionado el “gran” “problema”, entonces, aparecían mágicamente otros, que crecían hasta ocupar su lugar. Como por ejemplo, ir a hacerle los mandados a mi vieja. Sí, así como suena. Cuando estaba de vacaciones, que mi vieja me dijera que al otro día me tenía que levantar a las 11 para ir a comprarle milanesas a la carnicería (que está a 3 cuadras), era todo un problema.

Por supuesto, visto a la luz de los años que tengo ahora (y los problemas y las circunstancias que manejo todos los días), es muy gracioso que pudiera hacerme problema por semejante pequeñez. Pero los problemas que tuve, en su momento, eran tan grandes como los que tengo ahora, comparados con mi capacidad de solucionarlos. O mejor dicho, con la capacidad que tenía de dejarme aplastar por ellos.

Por la época que vi que cuando uno no tiene problemas se los fabrica, pensé mucho en esto y desarrollé diversas teorías. Ninguna es novedad, por supuesto, pues supongo que todos pensamos lo mismo en algún momento. Principalmente cuando vemos que la cinta transportadora de problemas nunca se termina. Y ahí es cuando nos preguntamos ¿por qué? Seguir leyendo »

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¿Para quién?

Recuerdo que hace un tiempo, hablando con un amigo sobre qué tipo de ejercicio me vendría bien para bajar unos kilitos, él me preguntó, con esa impunidad característica de las preguntas bien puestas, para quién quería verme mejor. Yo no entendí al principio, así que me preguntó de nuevo. ¿Era para verme bien yo, sentirme bien yo mismo? ¿o era para mostrarle algo a alguien, a los demás?

Mentí en ese momento, pero con el tiempo empecé a darme cuenta de la realidad de su pregunta. En ese momento, pasaban dos cosas por mi cabeza: me gustaba un cierto tipo de vida que no le hacía muy bien al cuerpo, y se notaban sus marcas. Y por el otro lado, realmente no tenía muchas ganas de cambiar esos hábitos, o de intentar paliar sus consecuencias en mi imagen. Así fue que me debatía entre el impulso por mitigar sus consecuencias, para los demás, y el impulso por dejarlo así, por aceptar las consecuencias de lo que disfrutaba. Obviamente, si una parte mía quiere ir hacia un lugar y otra a otro lado, no voy a ningún lado :D .

En su momento, cuando mi amigo me dijo que si no lo hacía por mí era lo mismo a que no lo hiciera, no le entendí. Obviamente que lo hice igual :P . Por otros, claro. Para estar mejor visualmente, como una especie de maquillaje, una máscara. Porque por dentro, realmente, no quería hacerlo, así que lo que hacía estaba vacío de sentimiento. Y no es ninguna sorpresa que estos intentos no tenían ningún resultado.

Llegó un momento en que realmente quise estar de otra forma, internamente, por mí y no por otros, y el cambio se fue dando gradualmente. No hay mucha ciencia en esto. Cuando concentré mi voluntad en algo, no para lograr un cierto objetivo, sino que me empecé a ocupar del desarrollo más que de un objetivo (y de disfrutar lo que hacía), lo que antes buscaba y luego dejé de buscar, llegó solo. Cuando me relajé y cambié las cosas que estaban mal, sus consecuencias se disiparon. Cuando me sentí bien por dentro, esto se empezó a reflejar fuera. La lógica es simple ¿no?

Y esto me llevó a pensar: ¿cuántas de las cosas que hacemos en el día están así, vacías de intención verdadera? ¿cuánto de lo que hago es para otro y no para mí?

Siento que ese frenesí por verse sano que últimamente inunda la sociedad es una de esas cosas. Para mostrarle a los demás algo. Pero, realmente, ir al gimnasio todos los días después del trabajo y nadar 3 veces por semana ¿me hace sentir bien? ¿qué pasa cuando empiezo a ver eso como parte de la rutina diaria? Creo que ahí es cuando se pierde la magia en las cosas. Cuando no las hacemos para nosotros sino para otros, y peor todavía cuando lo tomamos como una obligación, un tedio, algo que escaparíamos si pudiéramos. Además, creo que si algo se hace sin disfrutar, cambia el sabor a lo que estamos haciendo, y por supuesto, los resultados son otros.

Algo que también siento es que muchas veces las cosas se hacen para demostrar algo, más que mostrar. Demostrar que estamos sanos, saludables, y felices. Nos ponemos una careta de teatro, la de la sonrisa obvio (por alguna razón nadie quiere la de la tristeza). Los abdominales de un maniquí y listo. Parecemos felices. Pero yo no puedo dejar de preguntarme qué felicidad hay en tener que controlarse a la hora de comer, que no se pueda comer cualquier cosa, que cada 3 horas tenga que comer algo, aunque sea una galletita. Ya no sólo somos esclavos del tiempo, corriendo a todos lados: también pasamos a estar condenados a vernos bien. No importa cómo se sienta uno por dentro, la idea es que no se note.

Pero sí se nota. Si cuando nos sentimos bien eso se nota en nuestra imagen, funciona al revés también. Entonces, terminamos luchando dos batallas: la primera, para vernos bien, y la segunda, para ocultar todo malestar. Y esto cansa mucho. Ojalá se pusiera de moda aceptar como uno es y ser feliz. Sería menos estresante.

Y de nuevo, repito esta pregunta tan importante: ¿para quién? ¿a quién le sirve que yo me vea bien si no me siento así? Lo realmente triste de todo esto, es que tanto esfuerzo intentando pintar la casa del lado de afuera hace que uno no tenga tiempo para arreglarla por dentro. Toda esta moda de verse bien termina distrayendo de lo que yo creo importante: el interior. Es lo que realmente vale. Y de última, en el peor de los casos, arreglar las cosas desde dentro hacia fuera es la forma más efectiva para verse bien.

Ojo, no es que yo me vea bien. Sólo me siento bien, y es lo único que importa :) .